La mujer moderna

 

 

Ojos y tormenta

 

Jazz francés vintage. Acordeón y percusión, ritmo muy marcado con una guitarra con la melodía.

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Aquel año mamá no nos puso niñera, simplemente le pidió a Colette que nos echara un ojo.

Era imposible que mamá encontrara una niñera para nosotras y menos en el Grau, dónde nuestra fama de buenas niñas precedía a los veranos. Colette me pareció perfecta, una mujer adulta que conducía y fumaba, ¿Por qué la eligió mamá? ¿Era una extraña iniciación al mundo real? Nunca tuve claro que relación tenía Colette con nosotras, ni dónde vivía el resto del año. Deduje que debía ser una prima de la capital, venía a visitarnos casi cada fin de semana. En el colegio había dos tipos de alumnas: Las de buena familia (como nosotras) y las huérfanas – En el nuestro había muchas huérfanas, por lo que el colegio debía ser de los buenos – . Nos gustaba ver a Colette los fines de semana porque al menos alguien venia a vernos, a sacarnos a pasear, a comprar helados, limonadas o castañas (Según la temporada) al Retiro. Nunca pensé que Colette pudiera ser de otra forma, ser otra persona, hasta ese verano…

Todas las noches de aquel verano me escapaba a la casa de Frédéric para escribir con mi máquina. Sus amigos rara vez se sorprendían de verme allí, al contrario, me pedían que les escribiera una historia y se la leyera. Por supuesto, mi hermana venia conmigo. no hablaba nunca, sólo se reía con las historias divertidas. Una noche, Isa me arrastró fuera de mi máquina, quería pasear, quería ir a ver a Colette. Salimos y paseamos entre las dunas hasta llegar a su casa. Una casa casi igual que la de Frédéric pero un poco más aislada. Las playas de la plana no tienen fin y de noche no sabes dónde empieza y dónde termina tu nariz. Aquella noche tenía menos fin si era posible.

Y entonces lo vimos. Allí mismo en la terraza, estaba él, Frédéric, hablando con Colette.

– Frédéric, debes irte, es tarde.

– ¿Por qué no quiere verme?

– Ya lo sabes, debes irte.

Isa y yo nos acercamos para escuhcar la conversación, fuimos por detrás y nos escondimos bajo una ventana, cerca de la baranda. Sin darnos cuenta, en esa misma ventana, al otro lado, había una figura… ¡Un fantasma! Una figura blanca que nos miraba. No nos dio tiempo ni de gritar. Nos cogimos de la mano y apretamos la de la otra como si nuestras vidas fueran en ello. Soltamos cuatro gritos y echamos a correr. Colette y Frédéric nos llamaron y vinieron detrás, no les dio tiempo, nosotras fuimos más veloces.

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