LAS HERMANAS

 

 

Cierra los ojos, me verás mejor

 

Música de piano con un acorde que se repite mucho. Evoca las olas del mar o la lluvia.

Todas las historias son historias de amor, hay quien lo sabe y hay quien no.

No tengo nombre, renuncié a él cuando aprendí a leer. Isabel, Teresa, Juana… No tengo nombre porque los tengo todos.

Esta es la história del último verano de mi infancia. Os la escribo así como la recuerdo. Ya no se si la viví así o me la he ido contando el recuerdo con los años. Nunca sabes cuando llega el final porque lo estás viviendo y, cuando pasa, no crees que aquello fuera el final. Nunca he creído que aquellos fueran “Los últimos Días de Verano”…

Cada año era lo mismo. La pequeña Isa – Isaora, mi hermana menor – y yo llegábamos en tren a la estación central de Turia, la ciudad más importante de la costa. Era un viaje de jornada entera subidas en el express, el tren que hacía menos paradas desde la capital hasta Turia. Desde pequeña recuerdo el contraste: la capital, gris, dormida… y llegar a Turia, a aquella estación de tren que parecía de cuento, con las molduras de flores y naranjas, los mosaicos, la invasión de luz. A Isa también le gustaba mucho. Aquel año fue diferente. Le pedí a las monjas que me dejaran, en secreto, aprender mecanografía. Prefirieron regalarme una máquina de escribir y unas lecciones antes de que me escapara yo misma a conseguirlas por mis medios, entonces ya era alta y me servía cualquiera de sus hábitos. Mi baúl pesaba más de lo debido y mi madre haría una inspección no autorizada de mis cosas, necesitaba un plan para esconder la máquina de camino al Grau…

Música de piano muy simple con acordes emocionales de orquesta

Nuestros padres nos querían, nunca he tenido duda de ello, pero eran algo distantes. Yo siempre creí que era por su educación, por ser un requisito de la alta sociedad, pero era más parecido al desapego. Nosotras, internas en un colegio en la capital todo el año, apenas veíamos a nuestros padres en navidades y verano. Incluso entonces, nos hacía más de familia el servicio, las niñeras estrictas, las hijas de las amigas de nuestra madre… era un mundo sin chicos, sin diversiones más allá de tomar el té y con cierto silencio. Un silencio ensordecedor. “No hablemos de eso que están las niñas” … siempre me acompañaba esta frase en cada habitación que entraba, ya estuviera en ella nuestros padres o el servicio. “No hablemos de ello…”

Aquel aislamiento al que me condujo mi familia me despertó la pasión por la lectura y la escritura. Me imaginaba como heroína de una crónica histórica española, pero más moderna, como Juana de arco. Las casas y los jardines enrejados eran nuestras prisiones, para mi hermana y para mi, eran nuestros campos de batalla. Encerradas pero no vencidas. Mi madre me llegó a esconder los libros. Yo los encontraba y los escondía de nuevo, esta vez de ella y del servicio. Me subía al tejado y los metía en las tejas. Mis heroínas estaban a salvo y sí, decidí que me debían llamar como a ellas, entonces renuncié a mi nombre. Recuerdo la primera, Juana, pero no de arco, Juana la loca. Cada día por las mañanas anuncio que mujer encarno hoy y, desde la mañana a la noche, todo el mundo me llama así, incluidas las visitas inesperadas. Mi madre prefería esa excentricidad a verme leyendo todo el día. Gran error mamá, aprendí a esconderme, y muy bien, de ti y tus secuaces a plena luz del día.

Las visitas también me llamaban así, visitas como aquellos personajes que vinieron con Frédéric, que hablaban con aquellos acentos, con aquellos vestuarios tan bonitos, con un gramófono que aullaba. Frédéric se enfadó conmigo cuando me encontró en su casa, sin avisar. Yo no sabía que el vendría y él no sabia que yo escondía mi máquina de escribir allí.

– ¿Has visto a tu hermana?

Mamá me dijo esto mientras se sentaba sobre mi cama sin permiso, debería pensar que era suya. Mamá nunca se sentaba sobre las camas, debía venir una buena tormenta.

-Me gustaría que hablaras con tu hermana.

– Mamá, creo que Isa nos está oyendo ahora mismo.

– ¿Puedes por favor Teresa – Hoy soy Isabel – Isabel, puedes tomarte algo en serio?

(Isa se encontraba escondida debajo de la cama, con los brazos rectos a los lados, practicando piano en silencio con las yemas de los dedos sobre el suelo, pero con los brazos en recto a los lados)

-Quiero que hables con tu hermana y le hagas entrar en razón. Debe venir al baile de fin de verano en el casino, es su año, es importante que la vean y nos vean a todos juntos.

-Recuerdo el año que me hiciste eso mismo a mi. Me dijiste que sería divertido…

-¿Y no lo fue?

-Mamá, ¿Por qué no hablas tu con ella? Dile lo importante que es para ti, lo entenderá.

-No sé, no me habla, no me contesta, nunca se si está bien o está mal…

-Los jóvenes somos así.

-Tu no eres así…

-Yo nunca he sido joven, tenía la responsabilidad de unir las dos Castillas, me tuve que casar con el rey de Aragón…

-No fue suficiente esconder todos los libros…

-Los encontré todos mamá… todos…

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